El motor de la historia no es el gobierno: es el pueblo organizado

Por: José Emilio Soto
Hay una lección que la humanidad ha aprendido a golpes: ningún cambio verdadero llega desde arriba por generosidad de quienes gobiernan. Llega desde abajo, cuando las mayorías se organizan, se reconocen y exigen lo que por derecho les corresponde. Y esa lección, aunque vieja, sigue siendo incómoda para muchos.
Hoy, conviene hacer un balance honesto. Los discursos confrontan, las conferencias matutinas entretienen, pero los números no mienten: menor crecimiento económico, más violencia y mayor desigualdad. La esperanza que se sembró en campaña se marchitó frente a la realidad de un gobierno que, en los hechos, mantuvo estrechos lazos con los grandes magnates que ayer llamaban "la mafia del poder" y hoy son sus verdaderos aliados.
Carlos Marx explicó hace más de un siglo que la lucha de clases es el motor de la historia. No se equivocó. La historia de la humanidad está marcada por revueltas sociales, por pueblos que se levantaron contra los privilegiados que se benefician de la desigualdad y la explotación. Y esa lucha no es un capricho ideológico: es la evidencia de que el progreso social no se decreta, se conquista.
Esperar que un cambio de gobierno sea sinónimo de mejores condiciones de vida para las mayorías es olvidar esa lección. Durante más de treinta años, la correlación de fuerzas se ha desplazado hacia los oligarcas, con el apoyo decidido de los gobiernos en turno —incluido el actual—. La ofensiva contra los sindicatos, el debilitamiento de la capacidad de los obreros para defender sus salarios y condiciones laborales, no es casualidad: es parte de un mismo sistema que favorece a unos cuantos y exprime a la mayoría.
Las condiciones en las que vive el pueblo son la prueba más elocuente: sin seguridad en la salud, sin educación digna, sin servicios básicos garantizados. Ante ese panorama, no basta con indignarse ni con votar cada seis años. Se requiere el ingrediente principal que Marx señaló y que los políticos de todos los colores prefieren ignorar: la participación organizada y consciente de las mayorías, jugando su papel histórico, su papel de motor de la historia.
No podemos seguir confiando en políticos que solo llegan al poder para servir a los poderosos y traicionar sin ningún rubor al pueblo. Si aspiramos a un verdadero progreso social, entendido como la suma del crecimiento económico y una mejora colectiva de los niveles de vida, es decir, como consecuencia de un reparto más equitativo de la riqueza, debemos hacer valer nuestros derechos de organización y de petición. Ahora más que nunca son necesarias las organizaciones sociales para cambiar el sistema político y económico que concentra la riqueza en unos cuantos.
Todos los mexicanos que anhelamos una patria mejor tenemos una tarea pendiente: dejar de esperar que nos resuelvan los problemas desde el poder y asumir nuestro papel transformador. La lucha debe encaminarse a construir un proyecto de nación dirigido a mejorar las condiciones de vida de los trabajadores. No es una utopía: es la condición indispensable para cualquier cambio real.
La historia no la escriben los que se sientan en la silla presidencial. La escribe el pueblo cuando se une, se organiza y decide dejar de ser espectador. Ya es hora.




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