¿La juventud está despertando?

Por: Noel González Jiménez
En estos últimos días nos hemos despertado con noticias que ya no son difíciles de creer, estudiantes en Francia salieron a las calles a exigir mejores condiciones en sus escuelas. De ahí se sumaron otros sectores con sus demandas. Pero lo que está pasando en algunos países europeos no es tan diferente a lo que está ocurriendo en nuestro país.
En Europa, pero Francia en particular, las protestas relacionadas con el encarecimiento de la vida, las dificultades para acceder a una vivienda, las condiciones educativas y la falta de perspectivas para millones de jóvenes reflejan el malestar de quienes descubren que estudiar, trabajar y esforzarse ya no garantiza una vida estable. ¿De qué sirve prepararse durante años si, al terminar los estudios, conseguir un empleo digno resulta cada vez más difícil y pagar una renta consume buena parte del ingreso? ¿Qué futuro puede construir una generación que debe vivir preocupada por resolver las necesidades más elementales?
En nuestro país, las inconformidades también tienen motivos concretos y urgentes. La exigencia de agua limpia en Jalisco, las demandas de seguridad y el reclamo por servicios de salud dignos revelan problemas que afectan directamente la vida cotidiana de las familias. Lo que quiero destacar es la participación de la juventud en estas manifestaciones en ambos lados del planeta, hoy ellos están levantando la bandera de lucha y a ellos se están sumando otros sectores también inconformes.
Cada protesta tiene sus particularidades y sería un error meterlas a todas en el mismo saco. Sin embargo, también sería un error ignorar lo que comparten: la inconformidad ante instituciones que no responden suficientemente a las necesidades populares. La juventud está demostrando que no quiere resignarse a heredar los problemas que otras generaciones no pudieron resolver. Quiere participar, preguntar, denunciar y construir alternativas.
Aquí radica algo muy importante, durante mucho tiempo se ha intentado presentar a los jóvenes como apáticos, individualistas o demasiado distraídos para interesarse por los problemas colectivos, hoy la realidad demuestra que, cuando las condiciones materiales se vuelven insoportables y las promesas oficiales dejan de convencer, la inconformidad puede transformarse en participación política.
La respuesta de las autoridades frente a estas movilizaciones también importa. La represión, ejercida en estas manifestaciones, no resuelve las causas del descontento; por el contrario, lo profundizan y dejan al descubierto los intereses que se busca proteger.
Detrás de esta situación existe una realidad que muchos prefieren negar: la lucha de clases. No todos viven las consecuencias de las crisis de la misma manera. Mientras algunos sectores conservan sus privilegios, millones de familias enfrentan salarios insuficientes, servicios públicos deficientes y dificultades para acceder a la educación, la salud, el agua potable y una vivienda.
Entonces, ¿Estamos ante una revolución? Quizá sea demasiado pronto para afirmar que existe un movimiento mundial unificado o que todas estas protestas forman parte de una misma transformación. Una revolución de las conciencias puede comenzar precisamente así: cuando las personas dejan de considerar inevitables las injusticias y descubren que los problemas que viven individualmente tienen causas sociales y, por tanto, requieren soluciones colectivas.
Por eso, la juventud necesita dar un paso más: pasar de la protesta a la organización consciente. Es indispensable que sus demandas se traduzcan en un programa de lucha que establezca objetivos claros, prioridades y una ruta para alcanzar cambios duraderos. No basta con señalar lo que está mal; hay que estudiar las causas de los problemas, proponer soluciones y construir la fuerza social necesaria para hacerlas realidad.
En ese camino, la formación de un partido político que represente verdaderamente los intereses populares puede desempeñar un papel fundamental. Un partido integrado por los elementos más conscientes, preparados y comprometidos de los propios movimientos, capaz de recoger las inquietudes de los jóvenes, unirlas con las necesidades de los trabajadores y las familias humildes, y convertirlas en una propuesta de transformación social. No se trata de imponer una dirección ajena a las luchas, sino de construirla desde abajo, con participación democrática, estudio y compromiso colectivo.
Las nuevas generaciones no están condenadas a aceptar el mundo que recibieron. Pueden cuestionarlo, comprenderlo y transformarlo. Pero para lograrlo deben entender que la historia no cambia únicamente por la valentía de quienes protestan, sino por la capacidad de un pueblo para unirse, organizarse y luchar con objetivos comunes.




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