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#Crónica // La voz del pueblo humilde y trabajador

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hace 26 minutos
7 min de lectura

Por: Efraín Roque Ramírez


Era un domingo caluroso y las horas transcurrían como cualquier otro día de la semana. Para muchos, el domingo es día de misa, de convivir en familia o, como dicen los memes, de despertarse hasta el mediodía. Para otros, simplemente es una oportunidad para dormir un poco más, olvidarse por unas horas de la explotación laboral o disfrutar una rica barbacoa de don René. En fin, un domingo común para buena parte de la población.

Pero para quienes forman parte del Movimiento Antorchista, aquel domingo no era uno cualquiera. Era el domingo 27 de septiembre, una fecha que quedaría en la memoria de quienes asistieron y participaron en una jornada muy particular.

¿Qué ocurrió? ¿Acaso ya gobierna el pueblo trabajador?

No. Pero sí ocurrió algo que, para muchos, tiene una importancia enorme: se llevó a cabo la IV Jornada Nacional de Declamación. Óigase bien: cuarta jornada. Cuatro años consecutivos en los que el pueblo humilde y trabajador levanta la voz a través de una de las expresiones más antiguas y poderosas de la palabra: la poesía declamada.

A lo lejos se divisaba un domo con numerosos automóviles estacionados en la entrada. Desde afuera no era posible distinguir quiénes se encontraban dentro ni qué actividad estaba por comenzar. Era uno de esos espacios que ofrecen apenas un poco de sombra para protegerse del calor, ese mismo calor que muchos trabajadores enfrentan diariamente después de una larga jornada laboral.

Al acercarse, comenzaban a distinguirse cientos de sillas perfectamente acomodadas, como si fueran a recibir a la mismísima presidenta de la República. Pero no. Allí no había personas de traje y corbata ni guaruras apostados en cada esquina. No había vallas ni privilegios. Había gente común: obreros, amas de casa, estudiantes, campesinos, profesionistas y familias enteras. Entre ellos destacaba una veintena de mujeres rarámuri, elegantemente ataviadas con sus trajes tradicionales.

Unos metros más adelante se encontraba una señora de aproximadamente 50 años. Vestía orgullosamente un traje típico de color amarillo. Movía los labios y las manos mientras mantenía la mirada hacia arriba, como quien repasa una y otra vez las palabras que deberá pronunciar.

Del otro lado del recinto ocurría algo parecido con un niño de entre 10 y 12 años. Parecía prepararse para enfrentar a un auditorio entero, como si en unos minutos fuera a pararse frente a decenas de profesionistas y adultos.

De repente, una voz aguda y clara resonó por el micrófono:

—Sean todos bienvenidos a nuestra IV Jornada Nacional de Declamación. En breves minutos comenzamos. ¡Esto es primera llamada!

El nerviosismo comenzó a crecer entre los participantes. Algunos repasaban sus poemas en silencio; otros movían los labios intentando recordar cada verso. Mientras tanto, el público esperaba pacientemente el inicio de las actividades. Algunas mujeres rarámuri aprovechaban los minutos previos para leer con atención las páginas de la revista Buzos de la Noticia.

El reloj avanzaba a toda prisa y, ¡zas!, nuevamente se escuchó la voz por el micrófono. Había llegado el momento de presentar a los integrantes de la mesa del presídium. Los aplausos aparecieron de inmediato y llenaron el espacio de entusiasmo.

Poco después, un niño y una niña de aproximadamente 10 años tomaron el micrófono. Sus voces, suaves y todavía infantiles, comenzaron a llenar el recinto:

—Yo sueño con un mundo de luces solamente...

El murmullo desapareció. Amas de casa, obreros, estudiantes y profesionistas guardaron absoluto silencio. Todos parecían entregarse por unos instantes a las palabras de aquellos pequeños.

Así, alrededor de las 10 de la mañana, arrancó formalmente la Jornada Nacional de Declamación.

La actividad se desarrollaba simultáneamente en las 32 entidades del país y reunía a miles de participantes: obreros, amas de casa, campesinos, estudiantes y profesionistas que, a través de la palabra, recuperaban la obra de grandes poetas de América Latina y el Caribe, entre ellos Roque Dalton, Nicolás Guillén, José Martí y Otto René Castillo.

Cada participante fue dejando su propia huella. En Chihuahua participaron representantes de los municipios de Chihuahua, Cuauhtémoc y Delicias, con más de 50 declamadores. Los poemas hablaban de justicia social, injusticia, amor, desamor, opresión, dolor y otras realidades que forman parte de la vida cotidiana.

En los rostros de los espectadores podía advertirse que aquellos versos no pasaban de largo. Llegaban hasta lo más profundo. A algunos incluso se les escaparon las lágrimas. No necesariamente eran lágrimas de tristeza, sino de emoción, de identificación, quizá también de alegría por encontrarse frente a una expresión cultural que pocas veces está al alcance de las familias trabajadoras.

Para algunos asistentes, era la primera vez que presenciaban un evento de esta naturaleza: gratuito y, desde su perspectiva, de gran calidad.

Una de las prioridades que el Movimiento Antorchista ha planteado en sus actividades culturales es precisamente acercar el arte a quienes no cuentan con las condiciones económicas para pagar un recital, una obra de teatro, un espectáculo de danza o un concierto. Que puedan disfrutarlo niños, jóvenes, adultos y personas mayores, sin importar su origen ni sus condiciones económicas.

La idea puede resumirse en una de las frases que suele acompañar al movimiento: “Somos un solo hombre, somos un solo ideal”.

Pero declamar no consiste simplemente en memorizar un poema y repetirlo frente a un micrófono. El declamador tiene que sentirlo, hacerlo suyo, apropiarse de cada palabra y de cada verso para transmitir su verdadero significado. Tiene que conseguir que quien escucha perciba la alegría, la nostalgia, el amor, el reclamo o la indignación que habitan en la poesía.

Por eso, uno tras otro, los participantes fueron subiendo al escenario y dejando su voz frente al público. Cada poema provocaba una reacción distinta. Algunos arrancaban sonrisas; otros, silencio; algunos más, lágrimas.

Entre las participaciones que marcaron el cierre estuvo “Madre, si me matan”, interpretada por Quique Martínez. La fuerza de sus palabras fue creciendo hasta llegar a uno de los momentos más intensos de la jornada:

“Madre, si me matan,

que no venga el hombre de las sillas negras;

que no vengan todos a pasar la noche

rumiando pesares, mientras tú me lloras...

Y una palabra: JUSTICIA

escriban sobre la tumba...

Y un domingo, con sol afuera,

vengan la Madre y las Hermanas

y sonrían a la hermosa tumba...

y alcen a los cielos cantos de victoria,

Madre, si me matan.”

El silencio que siguió fue distinto al de los minutos anteriores. Era un silencio cargado de emoción.

Con esa poesía, Quique Martínez cerró una de las participaciones más intensas de la jornada. Después tomó la palabra el dirigente estatal del antorchismo chihuahuense, el ingeniero Nelson Rosales Córdova, quien dirigió un mensaje de aliento, ánimo y reflexión a los participantes.

—Es un orgullo que el Movimiento Antorchista promueva la poesía —señaló.

Al mismo tiempo, agradeció la participación de todos e invitó a los declamadores a continuar preparándose y practicando esta disciplina. Después, tomó el micrófono para recitar un poema de Manuel Scorza:

“Tal vez mañana los poetas pregunten

por qué no celebramos la gracia de las muchachas;

tal vez mañana los poetas pregunten

por qué nuestros poemas

eran largas avenidas

por donde venía la ardiente cólera...

Yo respondo:

por todas partes oíamos el llanto,

por todas partes nos sitiaba un muro de olas negras.

¿Iba a ser la Poesía

una solitaria columna de rocío?

Tenía que ser un relámpago perpetuo.”

Rosales Córdova insistió en que este tipo de actividades debe seguir llegando a las colonias, las aulas, los barrios y todos aquellos espacios donde pueda acercarse la cultura al pueblo. La poesía, sostuvo, contribuye a formar personas más sensibles, nobles, sencillas y conscientes de los problemas que enfrenta la sociedad.

Después llegó uno de los momentos más esperados: la entrega de reconocimientos a los participantes. Más que un simple papel, para muchos representaba el reconocimiento al esfuerzo de semanas o meses de preparación, al valor de pararse frente a un público y, sobre todo, a la decisión de compartir su voz.

Al terminar la actividad, María Luisa, integrante de la comunidad rarámuri y participante de la jornada, agradeció a la organización antorchista por brindarle la oportunidad de subir al escenario y, al mismo tiempo, presenciar la participación de sus compañeras.

Para ella, la poesía también representa una forma de generar conciencia. Dijo que no había encontrado una dinámica semejante en otros espacios y que fue a través de Antorcha como conoció este tipo de actividades.

Jocelyn compartió una experiencia similar:

“Para mí fue una experiencia muy bonita y significativa. Me gustó mucho poder participar con un poema y compartir el escenario con otros jóvenes que también tienen interés por la cultura y, en específico, por la declamación. Estas actividades hasta ahora solo las he visto en Antorcha. Creo que este tipo de actividades deberían impulsarse más en las colonias, porque acercan la cultura a los jóvenes y al público en general, y les dan un espacio para expresarse, descubrir sus talentos y reflexionar sobre diferentes temas de nuestra sociedad.”

Afuera, el calor del domingo continuaba. Pero dentro del domo habían quedado algo más que palabras.

Habían quedado emociones. Reflexiones. Recuerdos. Preguntas.

También había quedado la certeza de que la cultura puede convertirse en un punto de encuentro para quienes difícilmente tienen acceso a ella.

Con esta jornada, el Movimiento Antorchista continuó sus actividades culturales a 52 años de su fundación, llevando expresiones artísticas a sectores populares. Durante unas horas, la poesía dejó de estar encerrada en los libros y tomó la voz de niños, jóvenes y adultos que encontraron en ella una manera de expresar sentimientos, hablar de los problemas sociales y hacerse escuchar.

Porque el domingo 27 de septiembre también llegó a su fin. Las sillas quedaron vacías. Los participantes recogieron sus cosas y comenzaron a regresar a sus casas. El domo poco a poco recuperó su silencio.

Pero algo permaneció.

Permanecieron en la memoria los versos, las voces, los aplausos y las emociones de quienes estuvieron ahí. Permaneció también la palabra de aquellos poetas que, muchos años después de haber escrito sus obras, volvieron a hablar a través de las voces de un pueblo que encontró en sus poemas una forma de nombrar sus propias preocupaciones.

Y quizá ahí está lo más importante de aquella jornada: miles de voces que durante unas horas dejaron de ser voces aisladas para convertirse, a través de la poesía, en una sola voz que habló de conciencia, de dignidad y de justicia social.


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