#Opinión || La pelea por las candidaturas y los problemas de le gente sin resolverse

Por Ramón Rosales Córdova
Cada vez falta menos tiempo para que comiencen los tiempos electorales y pareciera que, para algunos, lo más urgente es que su nombre aparezca por todos lados. Todavía no llegan formalmente las campañas y ya empezamos a ver bardas, panorámicos, publicidad y toda clase de intentos por posicionar a quienes seguramente buscarán una candidatura. Poco a poco los nombres comienzan a hacerse familiares, aparecen una y otra vez en las calles y también en las redes sociales, incluso cuando todavía falta tiempo para saber quiénes serán finalmente los candidatos. Y no es que esté mal que la gente conozca a quienes quieren ocupar un cargo público. Al contrario, es necesario. Tenemos derecho a saber quiénes son, de dónde vienen, qué piensan, cuál ha sido su trayectoria y qué quieren hacer. Por último, quien pretende gobernar también debe estar dispuesto a ser conocido y cuestionado por los ciudadanos. El problema aparece cuando darse a conocer comienza a ocupar más espacio que el trabajo mismo y la publicidad termina convirtiéndose prácticamente en el centro de la actividad política.
Porque tampoco podemos fingir que las aspiraciones nacen de un día para otro. Quienes buscan una candidatura generalmente saben desde mucho antes cuáles son sus intenciones. Trabajan para conseguirla, construyen relaciones, buscan presencia y empiezan a mover su nombre incluso antes de las nominaciones. Es algo que ocurre desde hace tiempo y que difícilmente sorprende a alguien. Entonces la pregunta es, si ya sabían desde antes que querían gobernar, ¿por qué no utilizar ese tiempo para lograr que la gente los conociera principalmente por su trabajo? Sería muy distinto escuchar que alguien conoce a determinado aspirante porque ayudó a resolver un problema de drenaje, porque estuvo presente cuando una colonia necesitaba pavimento, porque gestionó una escuela, apoyó a familias con un problema de vivienda o se metió de lleno a buscar una solución al transporte. Incluso cuando no estuviera en sus manos resolver completamente un problema, también cuenta haber acompañado a la población, buscar alternativas, tocar puertas y mantenerse pendiente hasta encontrar una respuesta. Eso dice mucho más de una persona que tener su fotografía en una avenida principal.
Además, los problemas de la sociedad no comienzan cuando empiezan las campañas ni desaparecen cuando terminan. Están presentes todos los días y afectan directamente la vida de miles de personas. Una familia que tiene dificultades para conseguir vivienda no puede esperar al siguiente proceso electoral. Una colonia sin drenaje adecuado vive el problema cada vez que llueve. Quien pasa varias horas al día trasladándose entre su casa y su trabajo pierde una parte importante de su vida en el transporte. Son situaciones cotidianas que quizá reciben menos espacio en la propaganda, pero que para quienes las viven son mucho más importantes que cualquier elección. Y no se trata de negar que existen obras, programas o acciones de gobierno. En Nuevo León, por ejemplo, hay inversiones en movilidad y continúan proyectos como las líneas 4 y 6 del Metro. También existen programas relacionados con vivienda, regularización y escrituración. Sería absurdo decir que nada se hace, como también sería absurdo pensar que porque existen esas acciones los problemas ya están resueltos.
Basta recorrer buena parte del Área Metropolitana de Monterrey para darse cuenta de ello. La ciudad ha crecido enormemente y ese crecimiento también ha llevado a miles de familias cada vez más lejos de los centros de trabajo, de las escuelas y de muchos servicios. Conseguir una vivienda digna y bien ubicada se vuelve cada vez más complicado para quien depende de un salario. En distintas zonas siguen existiendo necesidades de drenaje, pavimentación, agua y servicios públicos. A eso se suma el transporte, los largos traslados y una zona metropolitana que durante años se ha extendido más rápido que parte de la infraestructura necesaria para atenderla. No son asuntos menores. Al final estamos hablando de las condiciones en las que una persona vive todos los días. De cuánto tarda en llegar a su trabajo, cuánto de su salario destina a transportarse o pagar una vivienda, qué servicios tiene su colonia y qué oportunidades tendrán sus hijos. Ahí es donde las decisiones políticas dejan de ser discursos y terminan convirtiéndose en algo muy concreto para la población. Esa es la realidad sobre la que debería estar discutiendo la política.
Sin embargo, cuando empiezan a acercarse las elecciones, muchas veces la conversación termina girando hacia otro lado. Comenzamos a hablar de quién será candidato, quién aparece más, quién tiene mayor presencia en redes sociales, quién colocó primero su publicidad o quién logró llenar más bardas con su nombre. Los problemas continúan ahí, pero durante algunos meses pareciera que la política tiene otras prioridades. Y eso también termina desgastando a la gente. No necesariamente porque a los ciudadanos no les interese la política. Por eso también tendríamos que preguntarnos cuánto vale realmente que una persona sea muy conocida si la gente no puede relacionar su nombre con una mejora concreta en su comunidad. Ahí debería estar una diferencia importante. No tendrían que convencernos únicamente de que alguien merece gobernar. Su propio trabajo debería ayudarnos a saber quién es. Si durante años estuvo cerca de la gente, gestionó, organizó, buscó soluciones y consiguió resultados, llegará al proceso electoral con algo mucho más importante que una imagen bien diseñada. Tendrá antecedentes que los ciudadanos podrán revisar, discutir y valorar. Eso también permitiría que las campañas fueran diferentes. En lugar de comenzar prácticamente desde cero intentando construir una imagen en unos cuantos meses, quienes aspiren a gobernar podrían llegar a explicar qué hicieron antes, qué problemas conocen porque trabajaron directamente con ellos y qué pretenden hacer después. La discusión sería mucho más útil si se concentrara en resultados, propuestas y formas concretas de resolver necesidades.
México necesita algo distinto. Necesitamos una política que vuelva a mirar con mayor atención los problemas cotidianos de la población y que no aparezca solamente cuando se acerca una elección. Una política que entienda que gobernar no comienza el día en que se gana un cargo, sino mucho antes, cuando se decide qué intereses se van a representar y cuáles serán las prioridades. Necesitamos hablar de vivienda, empleo, salarios, escuelas, transporte, agua, drenaje y de todas esas necesidades que no desaparecen cuando termina una campaña. También necesitamos preguntarnos por qué, después de tantos procesos electorales, muchas de ellas siguen apareciendo una y otra vez entre las principales preocupaciones de la población.
El Movimiento Antorchista ha planteado desde hace años que los problemas del país no pueden resolverse únicamente cambiando personas en los cargos públicos. Su propuesta parte de la organización de la población y de orientar la política hacia una distribución más justa de la riqueza, mejores salarios, empleo y un gasto público que atienda las necesidades de la sociedad. Más allá de nombres individuales, el planteamiento pone sobre la mesa una discusión que considero necesaria, qué tipo de política necesita México para resolver problemas que llevan décadas acumulándose. Porque finalmente ese debería ser el fondo de la discusión. No solamente quién quiere gobernar, sino para qué quiere hacerlo. No quién consigue aparecer primero o quién logra que su nombre sea el más conocido, sino qué intereses representa, qué problemas entiende y qué está dispuesto a hacer para resolverlos. Quizá necesitamos menos preocupación por hacer conocido un nombre y mucho más trabajo para que ese nombre sea conocido por alguna razón.




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