#Opinión // La poesía como arma: declamar también es organizar

Por: José Emilio soto
En un país donde la política suele reducirse a encuestas, spots televisivos y promesas vacías, hay organizaciones que apuestan por algo aparentemente ingenuo: la poesía.
El Movimiento Antorchista Nacional celebró su IV Jornada Nacional de Declamación, y lo hizo con números que incomodan a quienes desprecian la cultura popular: tres mil declamadores, veinticinco mil asistentes, con presencia simultánea en los treinta y dos estados de la República. No es un dato menor.
Mientras la clase política tradicional se desgasta en escándalos de corrupción y simulaciones democráticas, miles de mexicanos se reunieron el pasado domingo 27 de septiembre para escuchar versos de José Martí, Roque Dalton, Nicolás Guillén, Otto René Castillo, entre otros. ¿Quién dijo que la poesía no moviliza?
La jornada, llevada cabo desde las nueve de la mañana a las seis de la tarde, reunió a niños, jóvenes, amas de casa, maestros, campesinos y obreros. Todos ellos se convirtieron en "recreadores de la palabra escrita", en vehículo del lenguaje poético.
Pero detrás del despliegue artístico hay una intención política clara: formar conciencias, despertar reflexiones sobre la justicia y la injusticia, sobre la opresión y la lucha: "La poesía es el lenguaje del alma que despierta y transforma consciencias". La poesía, cuando se declama con convicción, no es un adorno: es un golpe en la fibra sensible, una sacudida que obliga a mirar la realidad.
En Antorcha lo sabemos desde hace cincuenta y dos años. Nuestra organización fundada en 1974 en Tecomatlán, Puebla, por campesinos y profesionistas encabezados por el Ing. Aquiles Córdova Morán, el Antorchismo no entiende la cultura como pasatiempo ni como entretenimiento burgués.
Para la organización, la cultura es un instrumento de formación política y de lucha social. Bajo esta convicción, la jornada de declamación no fue un simple festival: fue un escaparate de la postura política que sostenemos desde hace más de medio siglo.
Y en tiempos donde la izquierda institucional ha renunciado a la transformación profunda, resulta refrescante, y hasta provocador, escuchar a una organización que sigue hablando de conquistar el poder político para la clase trabajadora.
El diagnóstico es contundente: el principal problema de México es la injusta distribución de la riqueza. Un sistema que concentra los recursos en unas cuantas manos mientras la mayoría permanece marginada.
"El pueblo trabajador ha sido históricamente el creador de la riqueza, pero ha permanecido marginado del bienestar, la educación y la cultura", así lo ha afirmado el Maestro Aquiles Córdova Morán. La pobreza no responde a errores individuales ni a la voluntad de gobiernos en turno, sino a la estructura económica vigente.
Para revertir esta realidad, plantemos cuatro ejes económicos fundamentales: empleo para todos, salarios bien remunerados, reorientación del gasto público hacia obras y servicios para el pueblo, y una política fiscal progresiva donde pague más quien gana más. No es poca cosa. Es un programa de transformación real, no de maquillaje.
Pero lo que distingue al Antorchismo de otras organizaciones políticas es el método: la organización y politización del pueblo como condiciones indispensables para conquistar el poder político. Y en ese método, la poesía juega un papel importante.
"El declamador es un recreador, le da vida a la letra escrita; con la poesía buscamos una forma de construir seres humanos cultos y sensibles ante el dolor ajeno", así lo expresó Pedro Martínez Coronilla, dirigente del antorchismo en Durango. Esa frase resume la esencia de toda la jornada: no se trata solo de recitar versos, sino de formar hombres y mujeres capaces de indignarse ante la injusticia, de conmoverse ante el dolor del otro, de organizarse para transformar la realidad.
La IV Jornada Nacional de Declamación tuvo más afluencia que la edición anterior. Y esto no es una casualidad, en un país donde la juventud está harta de promesas incumplidas y de políticos que solo aparecen cada tres años, el Antorchismo ofrece algo distinto: un espacio donde la cultura y la política se entrelazan, donde declamar es también organizar, concientizar y avanzar hacia la transformación que proclama desde hace más de medio siglo.
En los próximos días anunciaremos la convocatoria de otra jornada cultural para octubre. Porque mientras otros se pelean por migajas del poder, hay quienes seguimos sembrando conciencias, verso a verso, declamación tras declamación.
La pregunta no es si la poesía puede cambiar el mundo. La pregunta es si estamos dispuestos a escucharla.
En el Movimiento Antorchista hemos entendido que la cultura no es un lujo de las élites, sino un derecho del pueblo. Y en esta apuesta, poco más de tres mil declamadores y veinticinco mil asistentes son una señal de que algo se está moviendo.
Quizá, después de todo, la poesía siga siendo el lenguaje del alma. Pero también, y sobre todo, es el lenguaje de la lucha.




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