#Opinión // Dejar de agradecer y comenzar a exigir: la urgente necesidad de elevar la conciencia política del pueblo

Por: Noel González Jiménez
Es preocupante ver como nuestro país enfrenta un problema que pocas veces se discute con la seriedad que merece: una buena parte de la población carece de las herramientas necesarias para comprender plenamente la vida política del país. No se trata de menospreciar al pueblo ni de cuestionar su capacidad, sino de reconocer una realidad: durante demasiado tiempo se le ha mantenido alejado de una verdadera formación política, del conocimiento de sus derechos y de la comprensión de cómo funciona el poder. Y un pueblo que desconoce sus derechos, que no sabe exigir y que no comprende cómo se utilizan los recursos públicos se encuentra en una posición de desventaja frente a quienes gobiernan.
De esa condición se aprovechan muchos actores políticos, saben que una ciudadanía poco informada puede ser impresionada con discursos, fotografías, abrazos y promesas. Por eso es común ver en las colonias populares al político que llega rodeado de cámaras, abraza a los adultos mayores, llama por su nombre a algunos vecinos, se pone el sombrero del campesino, se ensucia los zapatos junto a los albañiles o entra a los sembradíos para demostrar que conoce el campo y que “es uno de los nuestros”. La escena parece espontánea y cercana, pero muchas veces detrás existe toda una maquinaria que previamente recorrió la zona, identificó necesidades, registró nombres y preparó la información que después utilizará el político para presentarse como alguien que conoce perfectamente a la comunidad. El ciudadano puede pensar: “Este sí nos conoce”.
Por eso hay que comenzar a hacer preguntas incómodas: ¿qué prometió?, ¿qué cumplió?, ¿cuánto dinero recibió?, ¿en qué se gastó?, ¿qué obras realizó?, ¿cuánto costaron y qué resultados dieron? Esas preguntas valen mucho más que cualquier discurso pronunciado desde un templete.
También es necesario desmontar una idea profundamente arraigada: que los gobernantes “dan” dinero al pueblo. Los recursos públicos no pertenecen a los funcionarios; provienen del presupuesto del Estado y, en buena medida, de los impuestos y demás ingresos públicos. Los programas sociales pueden atender necesidades reales, pero no deben convertirse en una dádiva personal ni generar una deuda política con quien gobierna. El ciudadano no le debe obediencia a ningún funcionario por recibir recursos públicos.
De ahí la urgencia de elevar la educación política de la sociedad. Y esto no significa adoctrinar ni decirle a nadie por quién votar. Significa enseñar cómo funciona el Estado, de dónde proviene el presupuesto, cuáles son las obligaciones de los funcionarios y qué mecanismos existen para exigir transparencia y rendición de cuentas. Significa formar ciudadanos capaces de analizar una propuesta, cuestionar un discurso, contrastar información y sacar sus propias conclusiones.
Pero para exigir resultados también hace falta organización. Un ciudadano aislado puede presentar una queja y ser ignorado; una comunidad informada y organizada tiene mayor capacidad para colocar sus demandas en la agenda pública.
México necesita ciudadanos que pierdan el miedo a preguntar dónde está el presupuesto, por qué una obra no terminó, por qué faltan medicamentos, por qué una colonia permanece sin agua potable o por qué miles de jóvenes abandonan la escuela. Preguntar no es estar contra el gobierno.
El pueblo debe dejar de mirar a los políticos como salvadores, ningún funcionario resolverá por sí solo los grandes problemas nacionales. La verdadera fuerza está en una ciudadanía consciente de sus derechos, capaz de organizarse y actuar colectivamente.
El mayor peligro para una sociedad no es solamente tener malos gobernantes, sino tener una ciudadanía que haya renunciado a cuestionarlos. Cuando el pueblo deja de preguntar, el poder deja de sentirse vigilado. Cuando deja de organizarse, otros deciden por él.
Por eso la tarea es urgente: estudiar, informarse, participar y organizarse. El pueblo no necesita que le enseñen a agradecer; necesita aprender a exigir. No necesita salvadores, sino conciencia. Porque ningún cambio profundo será posible mientras la sociedad permanezca desinformada y políticamente pasiva. El primer paso para cambiar el rumbo de México es comprender que el futuro no puede quedar en manos de unos cuantos: también depende de la capacidad del pueblo para abrir los ojos, conocer sus derechos, organizarse y luchar democráticamente por una sociedad más justa.
El primer paso para cambiar el rumbo del país es dejar de esperar que otros lo hagan. El segundo es comprender que ningún cambio profundo será posible sin un pueblo educado, consciente y organizado. Y el tercero, quizá el más importante, es entender que cuando millones de ciudadanos dejan de actuar como individuos aislados y comienzan a reconocerse como parte de una sociedad con problemas e intereses comunes, la política deja de ser un espectáculo de unos cuantos y comienza, verdaderamente, a pertenecer al pueblo.




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