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#Opinión // La educación en México: entre el discurso y la cruda realidad de PISA 2025

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hace 3 horas
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Por: Pedro Martìnez Coronilla


Los resultados de la prueba PISA 2025 han vuelto a sacudir el panorama educativo mexicano, y con razón. México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, cifras que lo colocan en el sitio 64 de los 91 países evaluados y evidencian una brecha de aprendizaje de entre 2.5 y 3.7 años respecto al promedio de la OCDE.


Pero más allá de los números fríos, lo verdaderamente alarmante es que solo tres de cada diez estudiantes mexicanos alcanzaron el nivel básico en matemáticas, y que ningún alumno logró situarse en los niveles de excelencia 5 o 6.


La presidenta Claudia Sheinbaum reconoció la disminución en lectura y matemáticas, siete puntos menos en ambas respecto a 2022, y atribuyó parte de estos resultados a factores relacionados con las plataformas digitales. Sin embargo, reducir el problema a las pantallas o a la pandemia de Covid-19 es insuficiente y hasta contraproducente.


La investigadora del Cinvestav, Alma Maldonado, y María Teresa Gutiérrez, de Mexicanos Primero, coinciden en señalar que los constantes cambios en las políticas educativas y la falta de un plan para regularizar el aprendizaje perdido durante la pandemia son causas fundamentales. El origen del rezago no puede seguir justificándose a varios años de distancia.


El diagnóstico es desolador: 41.8% de los estudiantes mexicanos se ubica por debajo del nivel básico en las tres áreas simultáneamente, prácticamente el doble del promedio de la OCDE (19.7%). En matemáticas, el 69% no alcanzó el nivel 2, considerado el mínimo para desenvolverse ante problemas cotidianos. En lectura, aproximadamente la mitad de los alumnos no comprende textos de complejidad moderada. Y en ciencias, aunque hubo un ligero repunte de cuatro puntos, México ocupa el penúltimo lugar según el Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).


Lo más preocupante es la tendencia histórica. En 2009, el 49.2% de los estudiantes alcanzaba el nivel mínimo en matemáticas; para 2025, apenas el 30%. En lectura, el país permanece estancado por debajo de los registros de referencia de la OCDE. Estamos, en muchos indicadores, en niveles similares a los del año 2000. Un cuarto de siglo perdido.


Mientras tanto, países como China, Japón, Corea del Sur o Estonia reformaron sus modelos de enseñanza basados en proyectos, habilidades digitales, colaboración y emprendimiento, y hoy son ejemplo de inversión educativa. En México, en cambio, seguimos atrapados en discursos utópicos que insisten en que vamos bien, mientras la enseñanza se mueve entre la burocracia, los sindicatos, la improvisación y funcionarios incompetentes.


La Nueva Escuela Mexicana constituye el primer diagnóstico internacional estandarizado bajo su implementación, y los resultados no son alentadores. Es cierto que México ha ampliado el acceso a la educación secundaria, incorporando a más jóvenes de comunidades marginadas. Eso es un avance innegable.


Pero ampliar la cobertura sin garantizar aprendizajes básicos es construir un edificio sobre arena. El reto no es solo que más jóvenes lleguen a las aulas, sino que quienes llegan desarrollen las competencias fundamentales para la vida.


Las raíces verdaderas del problema son la profunda desigualdad social, las carencias materiales de miles de escuelas, las trayectorias educativas interrumpidas y la falta de una política educativa firme que trascienda los cambios de gobierno.


No es que los jóvenes mexicanos no puedan aprender o no quieran hacerlo. El problema es que no todos estudian en las mismas condiciones.


Mientras unos tienen internet, bibliotecas, laboratorios y maestros suficientes, otros asisten a planteles sin los recursos más elementales. Muchos trabajan para ayudar a sus familias o abandonan sus estudios porque la pobreza los obliga. Después se les culpa por un fracaso que no provocaron.


Esta desigualdad se convierte en un círculo vicioso: los hijos de los trabajadores reciben menos oportunidades para prepararse y después enfrentan mayores dificultades para mejorar sus condiciones de vida. Una educación que debería combatir la desigualdad termina reproduciéndola y perpetuándola.


El IMCO ha propuesto establecer una evaluación nacional de aprendizajes estandarizada, comparable en el tiempo y con resultados públicos, así como definir contenidos prioritarios de Matemáticas y Ciencias en secundaria. Estas propuestas merecen atención seria. Pero ninguna reforma funcionará sin voluntad política real, sin presupuesto suficiente.


México no necesita más discursos que celebren logros inexistentes.5 Necesita reconocer la magnitud de la crisis, dejar de culpar a las pantallas o a la pandemia, y construir una política educativa de Estado que garantice que cada niño y joven, sin importar su origen, tenga acceso a una educación digna y de calidad.


Solo un pueblo culto, preparado y consciente podrá transformar su realidad y construir un país más justo. La educación no puede seguir siendo un privilegio reservado para quienes tienen dinero. Es hora de actuar.


Esta por discutirse el presupuesto de ingresos y egresos de la federación para el año 2027, los legisladores tienen la posibilidad de decidir por un presupuesto suficiente para educación como lo recomiendan organismos internacionales, estaremos pendientes de sus decisiones.


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