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Por la paz del mundo y la justicia de los pueblos

Foto del escritor: Monterreyaldía
Monterreyaldía
hace 3 horas
4 min de lectura

Por: Virginia Valdivia Cervantes


Si uno sale a la calle por las mañanas en nuestras colonias o recorre las parcelas y caminos de nuestras comunidades campesinas en San Luis Potosí, lo hace pensando en los problemas cotidianos: el agua que no llega a los hogares, el precio de la despensa que no deja de subir, la falta de obras básicas o la lucha constante por asegurar un pedazo de tierra para la familia. Sin embargo, cuando encendemos la televisión o escuchamos las noticias, nos damos cuenta de que la humanidad entera atraviesa por un tiempo violento y sombrío, envuelta en guerras sangrientas e inhumanas.


Ahí está, ante los ojos de todo el planeta, el genocidio del pueblo palestino a manos del Estado de Israel. Pero hablar de guerra no significa únicamente mencionar cifras lejanas en las noticias. La guerra significa ver a familias enteras arrojadas a la intemperie, gente que de un día para otro pierde su casa, niños y mujeres maltratados, torturados y desgarrados por la violencia. Es un sufrimiento profundo que debemos comprender en toda su dimensión, porque la violencia que ocurre en otros rincones del mundo no es ajena al dolor humano de cualquier trabajador.


Al ver este panorama, cualquiera puede preguntarse por qué existe tanto conflicto bélico, tanta guerra en pleno siglo XXI. La respuesta más clara se encuentra en la ambición sin freno de un puñado de multimillonarios que manejan la economía mundial a su conveniencia. Así es. Las guerras siempre tienen un propósito de incrementar, aún más, la ganancia de grandes corporaciones, complejos industriales o financiaros. Y esto es porque vivimos en una sociedad donde la producción y el comercio no están pensados para resolver las necesidades de las familias trabajadoras, sino para garantizar la ganancia privada y la acumulación de riqueza en manos de unos cuantos poderosos. Se trata de una contradicción muy injusta: el progreso material de la humanidad se sostiene sobre las espaldas de los obreros, de los campesinos y de los trabajadores de todos los sectores, pero son ellos mismos a quienes se les niega el derecho a disfrutar de las riquezas que producen.


Por eso, las intervenciones militares y las tensiones internacionales promovidas desde las grandes potencias tienen un fin claro: apoderarse de los mercados globales, controlar a los consumidores de otros países, someter a los gobiernos que no se arrodillan ante sus órdenes y saquear las riquezas naturales como el petróleo, el agua y los minerales. Los dueños de las grandes corporaciones internacionales, asentados principalmente en los Estados Unidos, buscan consolidar su dominio económico en todo el planeta. Si para lograrlo tienen que destruir naciones enteras con una historia profunda y milenaria, como ocurre con el pueblo de la República Islámica de Irán o Palestina, simplemente lo hacen sin el menor remordimiento.


Durante muchas décadas nos han querido acostumbrar a la idea de que Estados Unidos actúa como el policía del mundo o como el defensor de la democracia y la libertad. Sin embargo, el pueblo trabajador ya conoce la verdad detrás de esos discursos. No se puede hablar de democracia cuando una potencia se ha enriquecido mediante la invasión, el despojo y la imposición de sus intereses sobre los países más pobres. Como lo ha explicado en múltiples ocasiones nuestro secretario general, el ingeniero Aquiles Córdova Morán, un mundo unipolar donde existe una sola potencia que pretende mandar sobre todas las demás es una amenaza para la paz. Cuando no hay nadie que le ponga un alto a los abusos del más fuerte, los organismos internacionales pierden su valor y las naciones pequeñas quedan indefensas frente a la agresión imperial.


Por esta razón, el Movimiento Antorchista celebra que el panorama internacional se esté transformando hacia un mundo multipolar, donde existan diversos centros de desarrollo y contrapeso. El crecimiento económico de la República Popular China y la presencia diplomática de Rusia abren espacios para que los países en desarrollo tengan alternativas y no queden a merced de una sola voluntad. Esto no significa que las potencias extranjeras vayan a resolver nuestros problemas, pues la tarea de transformar a México y liberar de la pobreza a nuestro pueblo sigue siendo una responsabilidad de los propios mexicanos. No obstante, un escenario internacional donde el poder esté repartido brinda mejores condiciones para defender la soberanía de nuestra patria y buscar un trato justo para los trabajadores.


Con esta visión clara, nuestra Organización participó con la presencia directa de nuestro Secretario general, el ingeniero Aquiles Córdova Morán, en la Segunda Asamblea Pública Mundial celebrada en el Centro Mundial del Comercio en Moscú, Rusia. Acudimos a este trascendental evento internacional junto a más de mil quinientos delegados de más de ciento cincuenta países para alzar la voz en nombre del pueblo trabajador de México. La razón profunda de nuestra presencia en Rusia fue denunciar el dominio aplastante que el imperio norteamericano ejerce sobre los pueblos del mundo y proponer con firmeza que sea la propia clase trabajadora organizada la que tome las riendas y construya una sociedad verdaderamente justa y libre.


Fruto de esta importante participación, Antorcha logró una alianza histórica para nuestro país. El ingeniero Aquiles Córdova Morán suscribió un acuerdo oficial con Andréi Belyaninov, secretario general de la Asamblea Mundial de los Pueblos, para que México sea la sede internacional de la próxima Asamblea Mundial de los Pueblos. Este encuentro global reunirá en suelo mexicano a representantes de toda América Latina y del mundo para coordinar la lucha popular contra el saqueo y la guerra, consolidando al pueblo organizado de México como un referente de dignidad internacional.


La paz duradera no nacerá de las bombas atómicas ni de los negocios de las élites financieras; la paz será posible cuando los pueblos del mundo se unan, entiendan su fuerza y detengan la ambición de los multimillonarios. La clase trabajadora de México y del mundo no debemos seguir poniendo la sangre ni el sufrimiento para llenar las arcas de los poderosos. Defender la idea de un mundo multipolar, donde cada nación pueda desarrollarse de manera autónoma y pacífica, es la única vía para garantizar la justicia social y evitar la autodestrucción de la humanidad.


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