#Opinión || ¿Y si la política no fuera solo votar cada seis años?

Por: José Emilio Soto
Hay quien piensa que hablar de politización es hablar en abstracto, como si se tratara de un concepto de manual, pero no. Politizar al pueblo significa algo muy concreto: que la gente sepa quién decide sobre su vida, su propiedad y su familia, y por qué lo hace. Y para muestra, un botón que lleva más de cinco décadas encendido: el Movimiento Antorchista Nacional.
La organización que nació en 1974 en Tecomatlán, Puebla, con un puñado de campesinos encabezados por el Ingeniero Aquiles Córdova Morán, no se quedó en la denuncia. Se propuso algo más ambicioso: organizar y educar a los sectores populares para que dejaran de ser espectadores de la política y se convirtieran en protagonistas de su propio destino; hoy, de acuerdo con los propios datos, agrupa a más de dos millones de mexicanos en todo el país.
¿Qué tiene que ver esto con la politización de la que venimos hablando? Mucho, porque el antorchismo ha sostenido, con hechos y no solo con discursos, que la pobreza no se resuelve cambiando funcionarios ni esperando la buena voluntad de los gobiernos en turno, nuestro dirigente nacional lo ha dicho sin rodeos: "pueden cambiar las gentes o los partidos, pero si no cambia el modo de producción, seguirá habiendo explotación y pobreza". Es decir, el problema no es quién gobierna, sino bajo qué lógica económica se gobierna. Y esa distinción solo se entiende cuando el pueblo se politiza.
El Movimiento Antorchista no se limita a la prédica, se organizan jornadas de oratoria donde obreros, amas de casa, campesinos y estudiantes debaten sobre migración, desempleo, seguridad entre otros temas. Impulsa la cultura, el deporte y la educación como herramientas de formación política.
Gestiona obras, servicios y vivienda en comunidades marginadas, y lo hacemos, según nuestra propia narrativa, sin cobrar por la gestoría y sosteniéndose con aportaciones voluntarias y actividades económicas propias. Además de nuestros negocios propios.
No se trata aquí de idealizar a ninguna organización, el antorchismo ha sido objeto de señalamientos, críticas y descalificaciones, y sería ingenuo ignorarlo. Pero lo que resulta innegable es que su existencia plantea una pregunta incómoda para quienes reducen la política a las elecciones: ¿qué pasa cuando un sector del pueblo decide organizarse por fuera de los partidos, con conciencia de clase y con un proyecto que no se agota en el voto cada tres o seis años?
La respuesta que ofrece el antorchismo nacional es la misma que subyace a toda la reflexión sobre la politización: que las leyes y las instituciones no son neutrales. Sirven a relaciones de producción determinadas, y mientras el pueblo no lo entienda, seguirá produciendo la riqueza que otros acumulan, sin saber por qué le falta lo que él mismo genera.
Por eso el ejemplo del Movimiento Antorchista importa, no porque sea perfecto, sino porque demuestra que politizar no es adoctrinar: es dotar de herramientas para leer el poder. Un pueblo que lee el poder puede transformarlo. Uno que no, se conforma con cambiarlo de manos cada tantos años y seguir igual.
La pregunta sigue siendo la misma, pero ahora con un referente concreto: ¿cómo lograr que esa politización sirva a las mayorías y no se convierta en otro escalón para trepar al poder? El antorchismo, con sus luces y sus sombras, es una respuesta posible, y como toda respuesta, merece debatirse.




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