La educación integral de la juventud, el proyecto que encabeza Antorcha
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Por Ramón Rosales Córdova
La educación en nuestro país es una de las mas atrasadas del mundo, y no de ahorita sino de gobiernos anteriores que han dejado relegado el tema provocando serias complicaciones en el desarrollo de la nación. La educación se ha reducido solamente a preparar personas para integrarlas a las filas de obreros que necesita el sistema para su desarrollo y operación, la educación integral solo ha quedado en los discursos de gobiernos que han prometido, al calor de campañas políticas, cambiar la realidad educativa.
Una verdadera transformación educativa debe incluir, de manera orgánica, el arte, el deporte y la cultura como pilares formativos y no como actividades secundarias o decorativas. La práctica artística y deportiva no solo fortalece la salud física y mental, sino que también fomenta la disciplina, el trabajo colectivo, la constancia y la sensibilidad social. Es en los espacios de creación, de expresión y de esfuerzo donde los jóvenes aprenden a mirar el mundo con otros ojos, a comprender su entorno y a reconocerse como sujetos capaces de transformar su realidad.
En un país con una enorme diversidad cultural como México, el arte y el deporte funcionan además como motores de cohesión social, identidad colectiva e inclusión. No son un lujo; son una necesidad educativa y social. Se necesita formar a verdaderos científicos que dominen la ciencia y la técnica y además se sensibilicen a través de la cultura y el deporte. Pero para que esto sea posible se requieren condiciones materiales concretas, espacios dignos, maestros preparados y promoción constante. De lo contrario, todo queda en discurso. Según estimaciones del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP), cerca del 60% de niñas, niños y jóvenes en México no realizan la hora diaria de actividad física recomendada para su desarrollo, y el gasto en educación, ciencia y cultura apenas ronda el 3.2% del PIB, por debajo del estándar internacional recomendado del 4% al 6%. Los datos hablan por sí solos.
Entonces surge una pregunta inevitable, ¿cómo pretendemos una transformación real si no existe inversión suficiente ni acciones estructurales que fortalezcan el desarrollo integral de la juventud?

Y que quede claro, no se trata de criticar por criticar. Hablar de educación implica compromiso, y el compromiso verdadero se demuestra en la práctica social concreta. En ese sentido, el Movimiento Antorchista ha sostenido, a lo largo del país, un proyecto educativo que entiende al ser humano como un sujeto integral, promoviendo la ciencia, el arte, el deporte y la cultura desde la educación básica hasta la universitaria. Un ejemplo visible de ello son las Espartaqueadas, que año con año convocan a miles de jóvenes a participar en actividades culturales y deportivas, demostrando que cuando se impulsa el talento popular, los resultados son reales y tangibles. Pero el trabajo no se limita a los eventos. También se ha llevado la promoción cultural y deportiva a colonias, barrios y parques, gestionando la construcción de unidades deportivas y albergues culturales que hoy están al servicio del pueblo. No como concesión, sino como resultado de la organización y la lucha colectiva.
En Nuevo León existe un ejemplo concreto, el Albergue Cultural “Profesora Magdalena Córdova Morán”, ubicado en la comunidad de San Fernando, Galeana, una zona históricamente olvidada por las políticas públicas. Ahí, donde los maestros hacen enormes esfuerzos por educar con recursos limitados, la existencia de un espacio cultural digno, que permite que niñas, niños y jóvenes de ejidos cercanos puedan destacar en competencias regionales y nacionales. No por casualidad, sino por un impulso colectivo, el trabajo de los padres de familia y una concepción educativa que va más allá de los salones de clases.
Esto demuestra algo fundamental, la transformación educativa no nace en los escritorios ni se dicta desde los altos cargos. Se construye en las aulas escolares, en las canchas, en los talleres artísticos, en la formación de maestros, en la mejora de los espacios y en el contacto directo con los estudiantes. Transformar la educación es formar jóvenes sensibles, disciplinados, críticos y organizados; jóvenes que comprendan su realidad y que, en colectivo, aspiren a cambiarla. Si seguimos promoviendo cambios parciales y discursos limitados al contenido de los libros, difícilmente veremos una transformación profunda.
Por ello, la verdadera transformación educativa no está únicamente en los libros de texto ni en quién ocupa los grandes cargos públicos, sino en la inversión real, en la promoción de la ciencia, la técnica, acompañada del deporte, el arte y la cultura en general, dando como resultado la formación integral de la juventud. Solo así podremos moldear una juventud más digna, preparada y, sobre todo, más consciente de su papel histórico en la transformación de un México equitativo.




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