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#Crónica // El Guayalejo: un río que cada día desaparece

Foto del escritor: Monterreyaldía
Monterreyaldía
hace 41 minutos
5 min de lectura

Por: Nataly Torres


El rio Guayalejo, es uno de los principales causes con el que cuenta el estado de Tamaulipas, iniciando en la sierra de Palmillas, a un costado de la Sierra Madre Oriental, mejor conocido como el Chihue, en una comunidad llamada el paso del Durazno y que transita por Jaumave; al llegar por Llera, Xicoténcatl y El Mante, es conocido como el Rio Guayalejo, y cuando arriba a Villa Manuel municipio de González adquiere el nombre de Tamesí, en los últimos kilómetros antes de llegar al Rio Panuco, en los límites con el estado de Veracruz colindando con Altamira y Tampico. Tiene alrededor de 702 kilómetros, recorriendo su caudal desde la zona central hasta el sur del estado.

Históricamente ha formado grandes civilizaciones alrededor del mismo y ha estado presente en la historia de las ciudades actuales. Tomado como fuente fundamental en la producción de maíz, calabaza, frijol y caña de azúcar, así como también es importante en la producción ganadera y piscicultura del estado.

Se cuentan muchas historias alrededor de las orillas de este hermoso río, el cual no es solamente un cuerpo de agua, para quienes han vivido cerca de sus orillas durante décadas, es parte de su historia, de sus recuerdos y de su propia vida.


Pero hoy el paisaje comienza a contar una historia diferente.


¡El Guayalejo se está acabando! Son las palabras de doña Mary, una mujer campesina que toda su vida aprovechó las virtudes de este gigante benevolente, que le dio de comer a sus hijos y familiares, amigos y conocidos, que llenó los cántaros de agua fresca y saludable, que lavaba la ropa de toda su descendencia, que le proporcionaba sombra para descansar del sol y cuando no había que comer, un pescado podía ser la solución.


Quienes conocieron al Guayalejo hace más de 40 años, hablan de un río distinto, abundante y lleno de vida. Entre esas voces está la de la señora Mary, una mujer de una comunidad que recuerda aquellos años con una mezcla de nostalgia y preocupación.


Para ella, ¡el río era vida!


Lo dice desde la memoria de alguien que no conoció el Guayalejo por fotografías ni por historias contadas por otras personas. Lo conoció estando ahí. Vio sus aguas correr, observó cómo las familias convivían alrededor de él y fue testigo de una época en la que el río tenía una presencia mucho más fuerte en la vida de la comunidad.


Doña Mary: ¡hay hija si yo te contara!, muy temprano bajábamos a recoger agua del rio para tomar en el día, más tarde cuando había mucha ropa bajábamos a lavar y los pececitos se acercaban a nuestros pies para mordernos suavemente y los niños ¡oooo!, los niños, jugaban incansablemente hasta que era hora de irnos a casa.


La señora Mary recuerda que hace más de 40 años el río representaba vida para la gente del lugar. Era parte del paisaje cotidiano y un espacio que se sentía abundante. El agua estaba presente y formaba parte de las actividades y recuerdos de varias generaciones.


Hoy, cuando mira el mismo río, su percepción es distinta.


Según su testimonio, el Guayalejo se encuentra cada vez más reducido y una de las principales preocupaciones es la mala administración en el uso del agua. Para ella, no se trata simplemente de que haya menos agua por casualidad. Existe una preocupación por la manera en que se administra y distribuye el recurso, especialmente por el agua destinada al riego.


Doña Mary: yo creo que es por eso de que le quitan el agua a el rio que ya está muy seco, el agua no corre igual y los peces ya no salen, creo que ya ni hay.

Y ahí aparece una de las mayores contradicciones del problema.


El agua del Guayalejo es necesaria para el campo. Los cultivos necesitan riego y de ellos dependen familias y comunidades. Pero mientras más agua se utiliza, también existe el riesgo de que el río pierda el caudal necesario para mantenerse vivo.


La pregunta entonces no debería ser solamente quién necesita el agua, sino cómo se está utilizando y administrando.


Porque el agua que hoy sirve para regar una parcela, también forma parte del río que mañana necesitarán otras personas.


La señora Mary observa esta transformación desde una perspectiva que difícilmente puede ofrecer una estadística. Ella ha visto el antes y el ahora. Ha pasado suficiente tiempo junto al Guayalejo como para notar lo que ha cambiado.


Y su testimonio representa algo más profundo que un simple recuerdo.


Representa la memoria de una comunidad.


Cuando una persona dice que hace 40 años el río era vida y que actualmente lo ve desaparecer, no está hablando solamente de agua. Está hablando de un paisaje que se transforma, de costumbres que se pierden y de una relación con la naturaleza que parece haberse debilitado.


Doña Mary: Cuando bajo al rio a bañarme en sus aguas me lleno de tristeza porque ya no veo la abundancia que antes tenía, ni las alegres risas, el agua está sucia, estancada y en ocasiones ya ni hay agua, me da hasta miedo bajar dicen que hay animales peligrosos y la pienso para bajar a refrescarme. Pero lo más triste de todo es no ver a las familias estar reunidas cerca de su cauce y que la basura sea parte de su paisaje.


El campo necesita agua y quienes trabajan la tierra necesitan producir. Sin embargo, la necesidad de riego no debería significar que el río tenga que pagar el precio de una administración deficiente o de un uso que no considere sus límites.


Un río no puede dar más agua de la que tiene.


Y cuando se extrae más de lo que puede recuperar, llega un momento en que las consecuencias comienzan a hacerse visibles.


Cada espacio del cauce que queda seco cuenta una parte de esa historia.


Cada tramo donde antes corría el agua y hoy solamente quedan piedras y tierra debería provocar una reflexión.


Porque el Guayalejo no desaparece de un día para otro. Se va reduciendo poco a poco, casi en silencio. Y precisamente por eso el problema puede pasar desapercibido hasta que sea demasiado tarde.


La señora Mary pertenece a una generación que conoció un Guayalejo diferente. Sus recuerdos funcionan como una comparación viva entre el pasado y el presente. Cuando habla de aquel río de hace más de cuatro décadas, parece estar describiendo algo que poco a poco se está convirtiendo en memoria.


Doña Mary: yo solo deseo que nunca se acabe el río, que siempre nos cobije con su bondad y que no le quiten el agua.


Y quizá eso sea lo más preocupante.


Que, dentro de algunos años, las nuevas generaciones solamente conozcan el Guayalejo por lo que sus abuelos y sus padres les cuenten.


Que tengan que escuchar:


“Antes aquí había mucha agua.”

“Antes el río estaba lleno de vida.”

“Antes veníamos a disfrutarlo.”


El Guayalejo todavía está ahí. Pero sus aguas parecen estar dando una última advertencia.


La solución no consiste únicamente en pedirle a la gente que cuide el río. También implica revisar cómo se administra el agua, cómo se distribuye para el riego, cuánto se extrae y qué medidas existen para garantizar que el recurso alcance tanto para las actividades productivas como para mantener vivo el ecosistema.


Porque el agua es necesaria para producir, pero un río muerto tampoco puede sostener una comunidad para siempre.


La historia de la señora Mary debería escucharse antes de que se convierta solamente en un recuerdo.


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