Por: José Emilio Soto Cada año, el calendario nos conduce, con una puntualidad casi cruel, por un ciclo económico y emocional profundamente arraigado en nuestra sociedad. Once meses transcurren con sus ritmos, preocupaciones y austeridades relativas. Pero llega diciembre y, como por arte de un conjuro colectivo, el aire se carga de una algarabía distinta. Las luces, los villancicos y una narrativa omnipresente de felicidad obligatoria sirven de telón de fondo a un ritual mode